John Ford para siempre

Por Serge Daney

Una idea común y cuestionable dice que en televisión reina el primer plano. Si esto fuese cierto, el hombre que un día gritó “¡yo no quiero ver pelos de la nariz en una pantalla de quince metros!” no tendría posibilidades en la pequeña pantalla. John Ford no era muy aficionado a los primeros planos, o a las escenas de exposición, que vienen a ser lo mismo. Filmó muy velozmente y pasó sólo veintiocho días dirigiendo She wore a yellow ribbon*. Fue en 1949, era su propio productor y hacía lo que le daba la gana. Cuarenta y un años después, la película “pasa” perfectamente desde la gran pantalla a la pequeña. Elemental, ¿dice usted? No del todo.

 Gilles Deleuze un día recordó a los jóvenes de la escuela de cine FEMIS que su trabajo como cineastas consistiría en la producción de “bloques de duración-movimiento”. Si los bloques de Ford siguen siendo tan perfectos, es porque respetan la más elemental de las reglas de oro: sus planos sólo duran el tiempo que lleva a un ojo experto ver todo lo que contienen. El tiempo para ver todo lo que hay para ver es la duración justa, y el movimiento justo para un ojo entrenado en el arte de mirar, equivale al arte de montar a caballo de los jinetes de Ford.

Un principio tan simple, permitió a Ford a complicar, refinar y retorcer las cosas, dando siempre, al mismo tiempo, la sensación de un clasicismo atemporal. No es la acción lo que determina la duración, sino la percepción de un espectador ideal, de un explorador que ve de lejos todo lo que hay que ver (pero nada más).

La contemplación rápida es la paradoja de Ford. Es imposible ver sus películas con un ojo perezoso porque entonces no veremos nada (salvo historias románticas de soldados) El ojo debe ser astuto debido a que en cualquier imagen de una película de Ford, es probable que existan unas pocas décimas de segundo de pura contemplación, antes de que la acción comience. Alguien sale de una cabaña de madera o sale de cuadro y hay nubes rojas sobre un cementerio, un caballo abandonado en la esquina derecha de la imagen, el estratégico avance azulado de la caballería, el rostro angustiado de dos mujeres: cosas para ver en el comienzo de una toma, porque no habrá una “segunda vez” (una pena para los ojos lentos)

Ford es uno de los grandes artistas del cine. No sólo por la composición y la luz de sus tomas, pero más profundamente porque filma tan rápido que hace dos películas al mismo tiempo: una película para protegerse del paso del tiempo (estirando sus historias por temor a darles un final) y otra para salvar el momento (el momento del paisaje, dos segundos antes de la acción) Le gusta el espectáculo “antes”. De modo que con Ford el punto no es la búsqueda de personajes que, frente a un paisaje hermoso, digan “¡Qué hermoso!”. El personaje no debe susurrar al espectador lo que debe ver. Eso sería inmoral.

Los personajes están lo suficientemente ocupados en posponer la jubilación y en el final de las vueltas y revueltas de la historia. Este tema surge en She wore a yellow ribbon y continuará apareciendo. Los personajes de Ford (soldados incluidos) no son más que acróbatas viajantes de sus creencias – creencias que cada vez menos los conducen a tierras prometidas, aún cuando sus siluetas de jinetes se dibujen sobre un cielo de puesta de sol color rojo brillante o en la luz de la luna. Esta imagen se encuentra en She wore a yellow ribbon, por supuesto. Este desfile circular, que va de izquierda a derecha, es colectivo y sin fin.

 Pero hay otro movimiento, más misterioso, que viene de lo más profundo de la toma y siempre surge en el centro de la imagen. Como si este director, que había construido todo sobre la negativa de los primeros planos y las escenas de exposición, en ocasiones, dejara que algo viniera hacia sus personajes. Así nos encontramos con un primer plano en She wore a yellow ribbon. Podemos ver a Nathan Brittles-John Wayne hablando con su esposa, ya muerta y enterrada a dos metros de profundidad, explicando que él sólo tiene seis días antes de su retiro y que aún no ha tomado ninguna decisión. Entonces la sombra de una mujer aparece en la tumba. Es sólo una niña inocente, pero para aquellos que han aprendido a ver Ford correctamente, este breve momento asusta. Es el pasado que vuelve en el centro de la imagen, sin previo aviso, “a la Ford”. No hace falta decirlo, cuando una imagen no sólo tiene  bordes, sino también un corazón, la pequeña pantalla le da la bienvenida con la debida consideración.

*En español, La legión invencible.

Traducción al español de Espectador Emancipado, de la versión en inglés de Laurent Kretzschmar. La versión original, en francés, de este texto fue publicada originalmente en Libéracion y puede encontrarse en el libro Devant la recrudescence des vols de sacs à main (Aléas, 1991)

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