Omnipercibiente

El espectador de cine es un sujeto pendiente de una imagen, atento y cautivo de visiones y sonidos en la oscuridad de la sala.  Según Metz: “El filme tiene algo de sueño, algo de fantasma, algo del intercambio y de la identificación cruzada entre el voyeurismo y el exhibicionismo”

La experiencia cinematográfica implica una situación muy peculiar de percepción, que combina creencia e incredulidad, juegos de proyección e introyección, una presencia y una ausencia. En El significante imaginario Metz explica que la visión consiste en un doble movimiento. “Hay dos haces en la sala: el que llega de la pantalla, partiendo de la cabina de proyección y al mismo tiempo de la visión espectatorial en tanto que proyectiva, y el que al contrario parte de la pantalla para depositarse en la percepción espectatorial en tanto que introyectiva (sobre la retina, segunda pantalla)”

Para diferenciar claramente la construcción de la ilusión en el teatro y en el cine, el autor habla de una “reduplicación de más” en el caso del cine. “Lo que define al régimen escópico propiamente cinematográfico no es tanto la distancia guardada, la misma guardia (primera figura de la carencia, común a todo voyeurismo), sino más bien la ausencia de objeto visto.” La producción de sentido descansa sobre una serie de efectos organizados en cadena, que surgen de una situación de soledad y de la carencia del objeto físico. No se trata de una mera recepción de la exhibición o presentación de hechos. De aquí la importancia del estadio del espejo como identificación cinematográfica primaria del espectador con su propia mirada, por la cual se experimenta a sí mismo como foco privilegiado, punto central de la visión (la identificación secundaria se trata de la identificación con lo representado, con lo que ocurre en la pantalla, el personaje) Concretamente, Metz habla de un sujeto “omnipercibiente” que no participa directamente de la ficción pero que percibe todo y su saber en este sentido se vuelve cardinal. “… el espectador se identifica a sí mismo, a sí mismo como puro acto de la percepción (como despertar, como alerta): como condición de posibilidad de lo percibido y por consiguiente como una especie de sujeto trascendental, anterior a todo hay.” La cámara en este sentido, retoma la posición de la perspectiva monocular del Quattrocento.

El significante imaginario. Psicoanálisis y cine, Christian Metz (Paidós, 2001)

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