Conjugar

El punto de partida de Un profeta es una situación límite. Un joven de diecinueve años ingresa a prisión y, al poco tiempo, es “marcado” por una organización de criminales corsos. Se disparan así las convenciones de dos géneros o subgéneros cinematográficos: el drama carcelario y las películas de mafia. En ese marco, Jacques Audiard (Lee mis labios, El latido de mi corazón) narra el arduo proceso de formación de un héroe árabe-francés llamado Malik El Djebena, una historia de iniciación criminal potente e intrigante.

La hibridación genérica le otorga al film una enorme amplitud narrativa, pues le permite eludir las reglas y expectativas que los géneros puros suponen.  La duración del relato coincide con el cumplimiento de la condena, pero la película se aleja del típico paisaje de rutinas carcelarias, brutalidad policíaca e intentos de fuga, y nos sumerge en frívolos conciliábulos mafiosos e intrigas de poder. La figura del encierro no es utilizada para oprimir a los personajes, sino para delimitar el territorio de la narración. Allí, los prejuicios raciales y conflictos de clase se potencian y redimensionan, en una suerte de puesta en abismo de los principales tópicos de la violencia social en Europa.

El tono realista de la puesta escena evita los golpes bajos o dramatismos. La planificación es fastuosa y al mismo tiempo precisa, el montaje es ágil y la fotografía y el diseño sonoro, impecables. Hay algunas pocas decisiones desacertadas que reflejan vicios derivados del lenguaje televisivo y el videoclip: la omnipotencia de la banda de sonido para “festejar” los pequeños triunfos de Malik o la sobreimpresión de los nombres de los personajes y algunas frases en la pantalla como slogans publicitarios, por ejemplo. Son detalles prescindibles, pues intentan enaltecer al personaje en el marco de un relato mesurado y reflexivo.

Por otra parte, Tahar Rahim es un actor con un magnetismo inusual en el cine contemporáneo. Maneja cada parte de su cuerpo con inédita expresividad y posee al mismo tiempo, un rostro enigmático. Es decir, su trabajo físico permite al espectador “entender” instantáneamente la adaptación del protagonista a problemas disímiles (trabajar en un taller textil, aprender a leer, viajar en avión por primera vez, drogarse, matar…) y en paralelo con esta destreza, su rostro impide el anticipo de sus acciones o elucubraciones. Esta entereza e imperturbabilidad compositiva habilita una tensión crucial para la película, alimenta el seguimiento ansioso y nervioso de cada nueva situación dramática.

Finalmente, la única salida a la violencia siempre amenazante, presente tanto en la burocracia y las reglas disciplinares del encierro correctivo, como en los ritos de pasaje y el peso de la tutela mafiosa (“Tú me necesitas a mí”), es la emancipación intelectual (“Trabajo para mí”). La encrucijada, la puesta a prueba desencadenante, sólo es superada mediante la instrucción y la observación atenta: el cultivo de aquellos pensamientos inaccesibles escondidos en el rostro del actor principal. El Djebena es un profeta (más allá de un suceso puntual que la película muestra) porque se transforma en un intermediario, es aquel que puede interpretar ciertos mensajes y señales, posee las herramientas para convertirse en portavoz. Es alguien que puede conjugar la serie social y la serie individual, tiene la capacidad de aprender de las experiencias y planificar un futuro propio. En este sentido, el último plano de la película es soberbio, Audiard cierra con un broche de oro su obra, estableciendo un diálogo con un plano muy similar de El padrino de Francis Ford Coppola. En aquel, un mismo encuadre vinculaba a la pareja de Kate (Diane Keaton) y Michael (Al Pacino) con la mafia, dos modelos de familias entraban en fricción. En Un profeta, Malik aparece también acompañado de una mujer y mientras caminan juntos, lentamente ingresa a cuadro una escolta. Esta imagen tan sutil como contundente resume el proceso de aprendizaje y anuncia un mañana distinto.

Este texto originalmente fue publicado en la revista LaTempestad

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