Ecología

“…Pongamos el caso que yo no tenga ninguna gana de ver films donde se maltratan animales. Lo que haré antes que nada será no ir a ver imágenes que me hagan correr el riesgo de mirar lo que detesto. Protestaré contra la vivisección. Diré a mis amigos que según mi opinión esas imágenes son infames. Me expresaré al respecto. Pero la primera opción permanece fundamental: no quiero ver. Hagamos otro paso atrás en la graduación de lo indeseable: en general no soporto -y aquí hablo de veras en primera persona- los reaction shots sobre niños y perros. ¿Los ubican? Un personaje cae sobre una cáscara de banana. Corte sobre el perro del vecino de casa que gira el cuello y aúlla. ¿Debería reírme? Dénme más bien un bazooka para apuntar hacia la pantalla. Beso de reconciliación entre mamá y papá después de una grave pelea. La cámara baja para tomar el rostro del hijito que los mira con los ojos así de grandes. ¿Debería llorar? Le dejo los pañuelos a mi vecino de butaca y me voy.

Estos son (para mí solamente; vuestra opinión vale obviamente tanto como la mía) dos ejemplos de cine inmoral. Dos cosas deshonestas, bastante graves como para hacerme salir del cine. Hay quien empuja los niveles de indignación a niveles aún más sutiles, y se enfurece por una utilización indiscriminada del zoom, o -como se decía en ciertos círculos franceses de los años `60- del travelling lateral. No llego a este tipo de fuundamentalismo cinéfilo, y aquellos que vienen a hablarme de la inmoralidad del steadicam me oirán responder que antes que nada deberían darse un paseo por la vida. Respeto en cambio a aquellos que nunca fueron al cine, y no tienen ningunas ganas de hacerlo; aquellos que con el pasar de los años decidieron ver menos films, y de verlos mejor; aquellos que sienten que han escrito demasiado sobre cine, y han decidido escribir menos; aquellos que no escriben para nada, y en cambio aman hablar de cine; aquellos, finalmente, que no aman hablar de cine y se nutren de películas en silencio, más o menos como las personas que prefieren tomar el desayuno sin gente alrededor. Las mismas reglas valen para el otro lado de la cámara, para los directores que no discuten sus propios films más allá de lo debido y para los intérpretes que no tratan de explicarnos su método.

¿Nunca se encontraron en compañía de gente con la cual van al cine, y que después los obligan a un duelo de inteligencia con el pretexto de preguntarles qué piensan del film que vieron? (…) ¿Fueron alguna vez rozados por la sospecha de que se producen demasiadas imágenes, y que su indiscriminada proliferación sería el objeto de una urgente ecología de la visión?”

La ética de la imagen, Paolo Cherchi Usai (Revista SegnoCinema Nro 94. Vicenza, Italia. Noviembre/Diciembre 1998) Traducción: Daniel Grilli.

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Archivado bajo Crítica de la crítica, Reflexiones

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