Ilusiones amargas

Un hombre mayor se levanta un día pensando en la muerte y deja a su cándida compañera de cuarenta años de matrimonio por un “hembrón”. Una joven licenciada en Artes, ama de casa, entra a trabajar en una galería y se enamora de su jefe. Un médico que no ejerce su profesión y sueña con ser un escritor exitoso, encuentra en la ventana de enfrente a su musa inspiradora. Frente a estas premisas (expuestas muy escuetamente) se podría afirmar que la nueva película de Woody Allen gira en torno a la angustia por el paso del tiempo y a la ansiedad por “realizarse” en la vida. Nada nuevo. A primera vista, estas cuestiones existenciales no aportan ninguna primicia dentro de la vasta filmografía del director de Crímenes y Pecados; pero Conocerás al hombre de tus sueños es una película mucho más cruda de lo que aparenta, pues al mejor estilo de sus obras de los noventa, Allen dosifica comedia y drama para arrojar luz sobre un tema fascinante: las ilusiones.

El título engaña y como en otros tantos casos, la culpa la tiene la traducción. “Conocerás al hombre de tus sueños” en su literalidad remite a una predicción romántica. Se trata de una afirmación que tranquilamente podría estar alojada dentro de alguna comedia simplona para pasar el rato, de esas de Jennifer López, Mandy Moore o Sandra Bullock, pero no es así. La ilusión a la que remite esta película no está diagramada en torno a un ideal de amor vano, un entusiasmo fortuito y esperanzador cuyo cumplimiento parece atractivo por su cuota de romanticismo, sino que se trata de otra cosa: pensar a las ilusiones como representaciones, engaños o distorsiones que a “ciencia cierta” sostienen la vida humana. En este sentido, el título original de la película es You will meet a tall dark stranger, frase que podría traducirse más o menos como “Conocerás a un extraño alto y oscuro”. Un dicho común de las artes adivinatorias, que también puede referirse a la silueta de la muerte (como acota el personaje de Josh Brolin, la oración puede ser leída como una alusión a ese “que eventualmente todos conoceremos”)

Desde esta estructura, con el título más claro en mente (y aunque el afiche publicitario despiste y refuerce la lectura sentimental) lo que tenemos por delante es un ajetreado entramado de destinos individuales. Una película coral respaldada por un grupo de actores reconocidos y no tanto, que encarnan a “personajes auténticos”: Gemma Jones, Anthony Hopkins, Naomi Watts, Josh Brolin, Lucy Punch, Antonio Banderas y Freida Pinto. Cada uno con su momento de desesperación, de crisis y disloque. Son personas en estado de ebullición, que luchan con sus obsesiones. Decididamente todos están muy bien en sus papeles, pero hay un personaje femenino y otro masculino a destacar. Entre las mujeres la sorpresa es Lucy Punch, esta actriz inglesa compone un personaje muy complejo y entrañable. Es una verdadera bomba, por el impacto visual de su físico (un cuerpo escultural) y también por la personalidad de esa rubia tuneada, que se ubica en la cuerda floja a punto de caer en lo caricaturesco. Tanto su gestualidad (el jugueteo con el pelo, los movimientos de las manos con sus uñas esculpidas) como su tono de voz otorgan coherencia y solidez a la magnífica Charmaine. Por otra parte Josh Brolin (Sin lugar para los débiles, Milk), un actor que usualmente está asociado a papeles fuertes y de caracterización física imponente, demuestra también es capaz de edificar su presencia frente a la cámara a partir de los detalles. Roy es un escritor minuciosamente camaleónico, un personaje que ha perdido la confianza en sí mismo y que más allá de que lo expresa verbalmente puede exhibirlo en una infinidad de miradas y de tonos según quién sea su compañía. Es un hombre “de verdad”, un individuo de humor cambiante, que puede pasar por diferentes estados sin perder la esencia de su personalidad.

Al igual que en El sueño de Casandra y Match Point, la acción transcurre en Londres. Woody Allen orquesta todo este mosaico de situaciones con el paisaje inglés, sin caer esta vez en una película de “postales” (como lo hizo Vicky Cristina Barcelona). Algunos aliados infalibles que hacía tiempo no aparecían, vuelven: una voz en off que narra y cohesiona la acción que avanza vertiginosa y caprichosamente, la banda de sonido jazzera que abre y cierra con un tema más que atinado (la canción compuesta originalmente para la adaptación de Walt Disney de Pinocho, When you wish upon a star),  continuas citas a la Alta Cultura para afianzar sus propuestas filosóficas (Boccherini, Shakespeare, Ibsen) y por sobre todo una puesta de cámara prodigiosa. Así es que todas las discusiones que explotan en los vericuetos del departamento de Sally (Naomi Watts) y Roy son pura coreografía de fotografía y guión. El aprovechamiento del fuera de campo, la naturalidad de los diálogos y el impacto del plano secuencia lo corroboran. Con algo de Alice, un aire de Los secretos de Harry y un personaje muy pero muy parecido a la protagonista de Poderosa Afrodita, Woody Allen se anima a volver a sus fuentes pero desde un costado más denso. Seguramente muchos podrán catalogarlo de pesimista, pero la alegría que emana en su humor y el cariño con el que presenta a sus personajes (por más patéticos que los muestre) no permiten juzgarlo de modo tan severo.

Si bien como decíamos al principio es una película que no aporta grandes novedades, Woody Allen sigue reafirmando su soltura, su excelsa capacidad como dialoguista y director de actores. La apariencia de “comedia fácil” es sólo un prejuicio, una mirada haragana sobre el trabajo de un autor que se muestra impecable en sus dotes de narrador y juega con sus herramientas más afiladas para tejer una amarga reflexión sobre la difícil tarea de enfrentar el día a día. Pues, como él mismo lo dice: “Así es como nos abrimos camino en la vida: negando sin cesar la realidad, creyéndonos constantemente las ilusiones de inmortalidad del arte, del sentido del universo, de la vida después de la muerte, ilusiones de todas clases”. Conocerás al hombre de tus sueños propone que para sobreponerse a las desgracias y desaciertos “las ilusiones son mejores que la medicina.”

Este texto previamente fue publicado en la revista Llegás.

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