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Visiones

Ed Wood: ¡Dios mío, Orson Welles!

Ed Wood: Disculpe, señor…

Orson Welles: ¿Sí?

Ed Wood: Bueno, soy un joven director de cine y un gran admirador suyo y…  sólo quería saludarlo.

Orson Welles: Encantado, soy Orson Welles.

Ed Wood: Edward D. Wood Junior. ¿En qué está trabajando?

Orson Welles: Bueno… por tercera vez ha fallado la financiación  para Don Quijote

Ed Wood: Sabe, no lo puedo creer, eso suena exactamente como los problemas que yo tengo.

Orson Welles: El maldito problema del dinero, no se sabe quién va a ganar y quién es un fantasma…  encima todos se creen que son directores.

Ed Wood: ¡Eso es muy cierto! ¿Sabe usted que incluso he tenido productores que han vuelto a montar mis películas?

Orson Welles: Odio cuando eso pasa.

Ed Wood: Y siempre quieren incluir en el casting a sus compañeros. Ni siquiera les importa si son adecuados para el papel.

Orson Welles: Ni me lo diga. Se supone que debo hacer un thriller para Universal. Quieren que Charlton Heston haga de mejicano.

Ed Wood: Ahhh! señor Welles, ¿Vale la pena todo esto?

Orson Welles: Sí cuando funciona… Sabe, la única de mis películas en la que tuve absoluto control fue Kane… el estudio la odió, pero no pudieron tocar un plano… Ed, las visiones son algo por lo que vale la pena luchar. ¿Por qué vas a pasar tu vida concretando los sueños de otros?

Ed Wood (Tim Burton, 1994)

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Esculpiendo declaraciones de amor

“Personaje cumbre de toda su filmografía, Edward Sissorhands, viene a ser algo así como el perfecto resumen de lo que Burton entiende por monstruo cinematográfico. Es este ser un infinito cúmulo de referencias intertextuales filtradas por la personal mirada del director, el cual convierte al terrible monstruo de la tradición cinematográfica en una especie de mártir redentor de la hipocresía humana. Verdadero canto a la necesidad de asumir la diferencia, Edward no es presentado a primera vista como una creación más del cine de terror, una versión postmoderna de la tradicional criatura salida de la mente de un cinetífico loco (concepto no aplicable en este caso como ya hemos visto), con lo que Burton entronca directamente con uno de los temas clásicos del cine de género, así como de la literatura, y la cultura popular de todos los tiempos: la creación de vida artificial.

(…)

A diferencia de lo sucedido entre la Bella y la Bestia, aquí no hay posibilidad de conjurar la maldición de la que es presa Edward, porque la maldición es  el propio mundo que desprecia al monstruo sin mirar en su interior. Se trata de una derrota, pero una derrota parcial ya que Edward, es decir, el mito acaba por devorar la realidad, aunque ésta no se dé cuenta. La joven princesa cotidiana envejece, mientras el monstruo sigue esculpiendo declaraciones de amor sin que su piel sufra más mella que la causada por uno de sus lacerantes dedos, dedos -tijeras, que a su vez hacen que Edward tampoco vea realizado el sueño cumplido de Pinocho de convertirse en un niño real de carne y hueso, porque las tijeras serán en todo momento una barrera infranqueable entre su mundo y lo ajeno, con lo que a diferencia de la marioneta, Edward deberá mantener su condición aparentemente monstruosa.”

Tim Burton, Marcis Marcos Arza (Cátedra, 2004)

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