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El color como ayudante

“…una simple imagen. Dura una fracción de segundo y su sentido metafórico ni siquiera está sugerido. Es la imagen del cigarrillo aplastado en un huevo.  Encontramos un esbozo en Rebeca, una mujer inolvidable -donde esta vez el cigarrillo era apagado en un pote de crema-, pero aquí la presencia del color viene a reforzar singularmente la fuerza de la impresión. Hitchcock es, en efecto, uno de los pocos cineastas que sabe utilizar el color como un ayudante, no como un obstáculo, lejos de una imitación servil de la pintura. Muchas tomas de Para atrapar al ladrón no evitan la cacofonía; pero estas disonancias no deben chocarnos más que las de la naturaleza. Aquí no encontramos más tarjetas postales que cuando nos paseamos de Cannes a Menton. Y además, en el pintor, el color está dotado de una existencia anterior, por decirlo así, al objeto. El azul, promovido a la dignidad de ser, será el denominador común del mar, de un ojo o de un vestido. En el cine, por el contario, el color no es un fin sino primeramente el medio para proporcionar a tal o cual objeto concreto un grado de realidad suplementario. A él le debemos un sentimiento más vivo de la materia. Y una imagen en blanco y negro hubiese sido impotente para provocar con la misma fuerza la impresión debida aquí a la materia amarilla y viscosa del huevo.

¿Qué significa este gag? Nada y todo. Está destinado a la vez a inquietar y a hacer reír. Es insólito, pero este carácter insólito es de principio, como en los surrealistas. Expresa, lo mismo que la caída de la bicicleta en Mi secreto me condena, la idea de una enemistad, de una objeción fundamental de las cosas. Y Hitchcock, a medida que su talento madura, no cesa de multiplicar estas notaciones…”

Flores de retórica, Claude Chabrol y Èric Rohmer, Hitchcock (Manantial, 2010)

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Notas en un cuaderno

Claude Chabrol, ¿qué concepción de la crítica  tiene usted, y de que forma le condujo a la dirección cinematográfica?

Creo que en esa época yo era mucho más impresionista que ahora. De todas maneras, el gran interés de la crítica es que ayuda a clarificar ideas. Hablar de películas es algo que permite estudiar los elementos visuales de manera más seria que si nos contentamos sólo con mirarlas. Es como si tomáramos notas en un cuaderno.

Cuando era crítico, ¿tenía ya la intención de dedicarse a hacer películas?

Lo esperaba. Pienso que, salvo excepciones, la crítica difícilmente puede ser un fin en sí misma. Sólo he conocido a un crítico que lo fuera absolutamente: André Bazin. Aparte de él, la mayor parte de los que hacen crítica lo hacen, o bien con vistas a hacer cine, o bien para profundizar en ciertos problemas, estéticos o de otro orden: no es algo que esté únicamente basado en el placer de explicar a la gente por qué a uno le gusta tal película o no.

Hacer crítica forma parte de la aventura individual, pero en relación con la creación, se corresponde, no obstante, con una abdicación, salvo si se posee verdaderamente el espíritu de crítico, como era el caso de André Bazin, pero eso es algo muy raro.”

Entrevista con Claude Chabrol, Jean Collet, Michel Delahaye, Jean-André Fieschi, André S. Labarthe y Bertrand Tavernier, La Nouvelle Vague. Sus protagonistas (Paidós, 2004)

El infierno (Claude Chabrol, 1993)

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