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Mummy!

En el corto Egyptian Melodies (Wilfred Jackson, 1931) perteneciente a la serie Silly Symphonies de Walt Disney pueden verse y aplicarse algunas ideas interesantes de la teoría del Arte de Gombrich. En primer lugar, la presentación del paisaje despojado del desierto (que sitúa el descubrimiento de la tumba) da cuenta de la idea primordial alrededor de la cual se organiza todo el arte del antiguo Egipto: se trata de una civilización que vivía pensando y preparándose para la vida después de la muerte, la vida ultraterrena. Los cuerpos debían ser conservados para que el alma viviera en el más allá, de modo que los frescos, relieves y esculturas debían reflejar la vida del difunto, dando datos precisos de quién estaba allí sepultado.

Es así como, siguiendo esa rígida creencia en perpetuar la imagen y cuidarla, la araña protagonista debe pasar por una estructura compleja de recovecos, puertas y pasadizos hasta descubrir el interior de la tumba. Allí aparecerá la hermosa coreografía de las momias y luego las pinturas sobre los muros, otro punto brillante de Egyptian Melodies. Tal como señala Gombrich, los egipcios “pintaban de memoria”, combinando sus recuerdos con estrictas reglas que aseguraban la claridad e inteligibilidad de todos los elementos en sus representaciones. Nada estaba librado al azar: los hombres siempre eran representados con la piel más oscura que las mujeres, los cuerpos  seguían la ley de frontalidad (con todos los miembros  de costado, a excepción de los ojos y el torso),  había jerarquizaciones de tamaño según la importancia en la escala social, etc. Eran composiciones simétricas, ordenadas, hieráticas y sobrecargadas de elementos (el horror vacui, horror al vacío). Lo importante entonces, no era la belleza sino la perfecta transmisión del mensaje. Justamente, muy cercanos a un procedimiento de dibujo infantil, cada elemento era plasmado y diagramado en su aspecto más familiar o característico (criterio de máxima representación).

En este sentido, se puede ver que la pintura mural cumplía con una función narrativa fundamental dentro de este arte sagrado. Entre las inscripciones jeroglíficas y las bandas superpuestas de escenas que aparecen en las paredes, las pequeñas figuras humanoides planas cobran vida y empiezan a moverse y a correr… empiezan a “informar”…

El arte egipcio, se basaba en el conocimiento en lugar de la visión, de modo que la intrusión de la pequeña araña de Disney coincide quizás con ese preciso momento (señalado por el reloj de arena que funciona como una alarma-despertador) en que el conocimiento expuesto se reconoce. Todos los esfuerzos de los artistas y artesanos colaboradores milenarios cumplen de repente con su función principal: es el tiempo en que las figuras dibujadas señalan al alma el camino hacia los aposentos, quién sea que esté allí descansando y esperando puede,  finalmente, gracias al detalle de las estatuas, pinturas, y objetos, vivir para siempre… Anubis, el dios de los muertos, reconoce el alma que está buscando.  ¡Mejor escapar!

Arte para la Eternidad, E. H. Gombrich, La Historia del Arte (Phaidon, 2009)

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