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Inversiones extravagantes

“Erich von Stroheim, que se hacía llamar el gran Von, no era noble de nacimiento. Era oriundo de Viena e hijo de un sombrerero. En el verano de 1912 fue a ver a Griffith; lo contrataron como doble, trabajó con caballos. Eran pocos los que, como él, podían caerse tan bien de la montura y al mismo tiempo derribar el caballo.

Más tarde trabajó de extra y luego de director. Había estado observando a Griffith con todo detalle y cultivaba la imagen de extravagante. Veía en esto una necesidad indeclinable de la industria cinematográfica. Contar historias sobre los que hacen las películas -decía él- es tan importante para el éxito como narrar el argumento en el celuloide. En su persona reunía diversas características de la nobleza europea, y mientras filmaba actuaba esos rasgos para los colaboradores y los medios informativos: rudeza rusa (junto a delicadas maneras occidentales), astucia serbia (aun cuando no estaba seguro de que en Serbia hubiera nobleza), decadencia austríaca. Pero sobre todo, tenía eróticas, excéntricas preferencias. Su productor protestaba por los costos. No entendía por qué el gran Von procedía así. Para los extras de una película que transcurría en la corte de la monarquía austrohúngara, von Stroheim hizo confeccionar doscientos calzoncillos que tenían bordado el escudo de un regimiento de guardia de caballería.

– Pero en la película no se ve nada de los calzoncillos.

– Se los ve en la expresión orgullosa de los rostros.

Valga decir que tanto en esta película como en las otras, los productores no comprendieron la eficacia de esas inversiones extravagantes con las que Stroheim afirmaba su estatus especial. Para ellos era un embaucador, un dilapador, imprevisible en el aspecto sexual. Cuando llegó el crack, el gran Von fue despedido, los estudios lo boicotearon como director. Todas las películas en las que había interpretado al hombre que trae la buena fortuna habían sido éxitos. Las películas siguientes, sin él, trajeron pérdidas a los productores. Esto no era culpa ni de los argumentos ni de los directores; esas películas sencillamente no poseían el aura de costosas. Las cuatro firmas involucradas en el despido y el boicot del gran Von registraron pérdidas.”

El aura de lo especial, Alexander Kluge, 120 historias del cine (Caja Negra, 2010)

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Mil seiscientos

“La cámara tiene que estar instalada a orillas del Meno a las cinco de la mañana. En las horas que siguen registra la extinción de las luces de la ciudad; por un momento todo está completamente oscuro (las últimas personas se han ido a dormir), luego, por el Este del horizonte asoma en ese día otoñal un gris débil que envuelve los edificios. Una columna de vapor se eleva recta desde las chimeneas en el aire frío; hace rato que se encendieron los calefactores. El sol ilumina la fachada de un edificio que queda sobreexpuesta. Entretanto, en el horizonte occidental todavía hay una aurora azul violeta. Más de 1.600 colores que pasan. Después de media hora, el sol ha allanado los interesantes comienzos de ese día. La luz diurna ha devorado la mayor parte de los colores. La jornada ha comenzado. La cámara puede ser desmontada.”

Time-lapse de un amanecer, 120 historias del cine, Alexander Kluge (Caja Negra Editora, 2010)

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Ojo interior

“A menudo estaba sentado bajo el sol agobiante de la región; en cierto modo su hándicap físico lo protegía compasivamente. Con su ojo interior veía las películas que -muy a su pesar- no había podido filmar. Había perdido mucho tiempo con la emigración de Alemania a Francia, y después a los Estados Unidos, y más tarde con el intento de regresar a Alemania. Y ahora: esperar la muerte. Sin encargos. Eran espacios de tiempo decisivos que le hubiese gustado llenar con películas que ya tenía planeadas. Las podía describir escena por escena. Por un rato, aún en Europa, Godard había escuchado atentamente tales descripciones. Durante toda un tarde Godard estuvo decidido a filmar uno de esos proyectos. Esto sin embargo no prosperó, pues se distrajo con proyectos propios”

El director ciego, 120 historias del cine, Alexander Kluge (Caja Negra Editora, 2010)

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