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La imposibilidad de la rebelión

“Hay dos frases inolvidables en el cine de Raymond Nicholas Kienzle, llamado Ray, alias Nick. En 1957, en el desierto libio de Amarga violencia, Richard Burton constata con amargura: I kill the living and I save the dead (Mato a los vivos y salvo a los muertos). El año anterior, James Mason quería asesinar a su niño gritando: God was wrong (Dios estaba equivocado, equivocado por detener el brazo de Abraham). El film se llamaba Más poderoso que la vida. Esas dos frases son todo un programa. La frase de Mason, en el cine de Ray, es la versión del padre, de un padre que se ha vuelto loco, amenazante, indigno: perverso. La frase de Burton, es la impasse del hijo, la doble constricción de la que no sale o, en todo caso, no sale indemne: matar al padre vivo o salvar al muerto. El tema de todos los films de Ray es menos la rebelión que la imposibilidad de la rebelión; el litigio infinito entre dos hombres, un joven y un viejo, un adoptado y un adoptivo. El viejo juega a ser padre, se ofrece a los golpes, falsifica su muerte, priva a su hijo precisamente de su rebelión.  El hijo histerizado debe sostener el deseo del padre y, para eso, suponerle un deseo. Muerte en los pantanos es, en ese sentido, un film admirable. Casi todos los films de Ray narran esta historia; todos terminan mal o, más bien, no terminan, o lo hacen con un happy ending apurado y falso.  Eso, esta alianza forzada en el sentido de la filiación, o esta filiación vivida como una alianza, era el cine de Ray. Pero también es, en el comienzo de los años ochenta, una manera como cualquier otra de narrar la historia del cine.

Wim´s Movie (Wim Wenders y Nicholas Ray), Serge Daney, Cine, arte del presente (Santiago Arcos, 2004)

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Acciones mínimas

“El intercambio de miradas es un medio algo trillado de significar el amor naciente. Por eso Keechie y Bowie no pasan demasiado tiempo mirándose. Especialmente Keechie, que siempre tiene algo que hacer. Ésa es, en efecto, su forma de estar del todo presente y del todo ajena en el mundo de su padre y su tío. Y su presencia ausente enturbia, de entrada, la bella oposición deleuziana entre la funcionalidad de la imagen-acción y la capacidad expresiva de la imagen-afección. Las distintas intensidades de la sensación se leerán siempre en el movimiento de acciones mínimas -alimentar una estufe, colocar un gato, desmontar una rueda, masajear a un herido- , acciones que se hacen en común o que uno contempla hacer al otro, acciones cuyos gestos y tiempos característicos se prestan, mejor que el intercambio extático de miradas o el acercamiento pactado de los cuerpos, a marcar la llegada del amor naciente entre dos seres que no saben qué es el amor.”

El plano ausente: poética de Nicholas Ray, Jacques Rancière, La fábula cinematográfica (Paidós, 2005)

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La salvación es un asunto privado

“Diré todavía unas palabras más: Nicholas Ray es de aquellos que van hasta el final y que saben apurar los desarrollos. Todo se deriva siempre de una situación simple o dos; tres seres se enfrentan a algunas ideas elementales y fundamentales de la existencia. Y la verdadera lucha se desarrolla en uno solo, contra el demonio interno de la violencia, o de un pecado más recóndito, que parece relacionarse con el hombre y su soledad. A veces ocurre que ese hombre es salvado por una mujer; parece incluso que sólo ella tenga aquí el poder para hacerlo. Nada más lejos de la misoginia.

Nicolas Ray nos ha propuesto siempre el relato de una crisis moral, de la cual el hombre sale como vencedor o como vencido, pero en definitiva lúcido: vanidad de la violencia, de todo lo que no es la felicidad y que aleja al hombre de su profunda vocación.

Si el arte debe mostrar el heroísmo de la vida moderna, pocas son las obras que cumplen con este propósito como es debido. Observamos, sin embargo,  que los personajes ceden con rapidez; que el mundo, en resumidas cuentas, no interviene mucho o, curiosamente, si lo hace es en perjuicio suyo; la salvación es un asunto privado. Quizás alguien lamentará cómo esos héroes se retiran tan apresuradamente a su cubil; también se puede pensar que no lo hacen sin dar al mundo su oportunidad, ni sin prolongar a veces inútilmente la prueba a la que se hallan sometidos. Pero, la soledad, si no el desprecio, ¿no es muchas veces el más justo homenaje que cabe rendir a la sociedad moderna?”

Sobre la invención (The Lusty Men, de Nicholas Ray), Jacques Rivette, La política de los autores. Manifiestos de una generación de cinéfilos (Paidós, 2001)

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