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Irónicos y Existenciales

“Tarantino es diferente de nuestra generación. Paul Schrader dijo algo divertido al respecto. Para entenderlo, es preciso conocer un poco el universo de los programas de televisión norteamericana: está por una parte Johny Carson, que es en cierto modo el clásico, y por otra el nuevo, David Letterman, diferente, muy a la moda, que se burla de todo, de la sociedad, de los personajes célebres, de la televisión, de forma muy satírica. Carson es más uténtico. Así pues, Schrader dijo: Tarantino es a Scorsese lo que Letterman a Carson. Lo que significa que hoy en día el héroe irónico es in, mientras que el héroe existencial sería out.  Estamos acabados, me dijo un día Schrader. Le contesté:  ¿Y qué? Somos hombres del siglo XX y se acerca el siglo XXI. Es una broma. Yo no sabía que los personajes que habíamos creado eran héroes existenciales. Nunca estudié filosofía. Siempre creí en los sentimientos de esos personajes. Y si siento de nuevo algo así por un personaje, volveré a hacerlo de la misma manera, al margen de que esté de moda o sea irónico. Seguiré haciendo películas con personajes en los que creo. En Tarantino, el héroe es irónico, no existencial. Le toca matar: Bueno, ¿y qué?. Por otra parte, no sé si será demasiado novedoso. Tengo la impresión de que Godard ya hacía eso mismo en sus primeras películas.”

Una nueva generación, Martin Scorsese, Mis placeres de cinéfilo (Paidós, 2000)

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Entretener

“Si no tienes una historia, no tienes nada, decía Raoul Walsh. Eso es una regla de oro en el cine. Al director americano siempre le ha interesado más crear una ficción que mostrar la realidad. Antaño, el formato del documental se rechazaba o se relegaba a un estado marginal. Para bien o para mal, el director de Hollywood debe entretener, se dedica a contar historias. Así que trabaja con convenciones y estereotipos, fórmulas y clichés, limitaciones codificadas en géneros específicos. Así fue como comenzaron a funcionar los estudios.

Al público le encantaban las películas de género y los viejos maestros no parecían oponerse a ofrecérselas. Cuando John Ford se levantó en medio de una tempestuosa reunión en el Directors Guild of America (Asociación de directores americanos), en 1950, se presentó así: Me llamo John Ford y hago westerns. No se refería a sus películas más alabadas, como El delator, Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle o El hombre tranquilo. De lo que él estaba orgulloso era de sus westerns o eso era lo que nos quería hacer creer.

Con el paso del tiempo, los géneros del cine sirvieron para organizar la producción en cadena: cada estudio rodaba tantos westerns, tantos musicales y tantas películas de gangsters. Todo comenzó con The Great Train Robbery, de Edwin Porter. Fue uno de los primeros intentos de elaborar el guión de una historia. Formalmente, también era un western.”

El director como narrador, Martin Scorsese, Un recorrido personal por el cine norteamericano (Akal, 2001)

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Calma oriental

“No estoy seguro de que Robert Mitchum se hubiera convertido en una estrella si hubiera nacido antes. Su reserva de hombre agotado por la vida, la despreocupación de su mirada triste estaban tan ligadas a su época, que no habrían tenido ninguna resonancia en los años veinte o treinta. Incluso Humphrey Bogart, que fue el primero en encarnar el desencanto en el cine norteamericano, podía pasar por optimista. Para Mitchum, la esperanza nunca estuvo en el orden de lo posible. La primera vez que el personaje que encarnaba apareció en la pantalla, en Retorno al pasado (Out of the past, 1947) de Jacques Tourneur, pescando a orillas de un lago en compañía de la mujer que ama, uno sabe que su felicidad sólo puede ser temporal. Y cuando un sordomudo (Dickie Moore) le dice que tiene una visita, Mitchum sabe que el destino acaba de atraparle. Hay una especie de calma oriental y de resignación en el joven Mitchum: Retorno al pasado, Pursued (1947) -una de mis películas preferidas, y un ejemplo de este subgénero desacostumbrado que es una mezcla de cine negro y película del oeste- y la maravillosa The Lusty Men (1952), de Nicholas Ray.”

Robert Mitchum y James Stewart: dos hombres que sabían demasiado, Martin Scorsese, Mis placeres de cinéfilo (Paidós, 2000)

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